Manifiesto de ELLA
ELLA nace del silencio anterior a todas las historias.
No representa a una mujer: las contiene a todas.
Su cabeza ancestral —ajena al tiempo— recuerda que la sabiduría no empezó con nosotros.
Su cuerpo, erguido y sin rostro, resguarda lo que no puede nombrarse con palabras.
Su vestido rojo es la memoria viva: sangre, raíz, origen, territorio emocional.
ELLA no mira: vigila.
ELLA no posa: permanece.
ELLA no busca identidad: es arquetipo.
No pertenece al pasado ni al futuro;
pertenece a ese espacio interior donde la mujer sostiene el mundo sin ser vista.
ELLA vive en la tensión entre lo que fuimos, lo que somos y lo que aún podemos recordar.
En su silencio hay una afirmación:
la dignidad del ser femenino no necesita justificarse, solo revelarse.
Por eso no tiene rostro: porque cada espectador es invitado a encontrar el suyo.
ELLA es espejo, guardiana, territorio, altar, ascua encendida.
Es la que estuvo antes, la que se mantiene ahora y la que seguirá después.
ELLA no representa: encarna.
Es la presencia que vuelve visible lo que la historia ha querido omitir.
Es la mujer primordial que habita la profundidad de todas las culturas.
Es la memoria que insiste en volver como fuego.
Es la claridad que emerge incluso en medio del derrumbe.
ELLA es, finalmente, un llamado:
a reconocer la grandeza, la fuerza y la sensibilidad como formas superiores de inteligencia.
A recordar la nobleza que nos sostiene.
A ver, por fin, lo que siempre estuvo allí.
ELLA es el origen.
ELLA es la guardiana.
ELLA es todas.



































ELLA
Juan Martín Mastrorilli
Esta obra es, ante todo, una exaltación del ser femenino universal, del poder creador de la vida cristalizada en un arquetipo fundacional de todas las cosmovisiones, en todas las culturas, que incorporan la noción primordial de una Madre Tierra. Su nombre, del cual solo una apariencia carece, apenas declinado en un pronombre personal, es en realidad un llamado a lo infinito o su esencia, a través de una metonimia. Porque a la vez que pronombre, Ella es un nombre de origen teutón, derivado a su vez del hebreo “Elia”, cuya etimología, tal como la obra declara, significa “la más noble”.
Tal recurso define ya la impronta del comentario de esta escultura, un ejemplo de apoyo y fidelidad al universo estético que la precede, habitado por mujeres sin rostro y vestidos rojos, tapados de obras que rezan en un rincón, abajo, Cuartas, y han viajado por el mundo. Los rasgos vacantes, la rojez corpórea, el sincretismo, son la base de una simbología que el observador descifra al imaginarla. Pero esto es circular, y ha sido sin duda, y no obstante el caso de su sempiterna soledad, en lo que está inspirada la obra. Ella carece de rostro. Ella emerge entre el grito y el roído que trastoca la palabra, cuyo eco es a su vez el derrumbe, reforzado de su alma, su carácter, su rol y su alcance.
Encuentro en ese nombre que Ella parece recordar actualidad y a la casi olvidada y notable Fitzgerald, escritora estadounidense que pareciera cita que parte del pensamiento de Wittgenstein sobre Eins, que quiere decir “son lo mismo”. Parece a priori sensato que el juicio de valor sobre su arte, implique entonces o se dé su contenido, según el ancósmico precepto de quienes han fungido de jueces, pero otra queda lejos de las ideas del filósofo, para quien ambos conceptos son trascendentales y por lo tanto “inexpresables”, impermeables a todo enfrentamiento. Solo puedo agregar, en tal sentido, que quizás tales señorías hayan encontrado un norte en aquella falacia ancestral, remanente de los tiempos de Homero, de que “lo bello solo puede ser bueno”. Hace ya mucho tiempo que el arte se ha despojado de estos retoricismos.
En estas líneas, por lo demás, no sería conducentes tampoco referirse al trabajo de otros, que medran como pueden en las agitadas aguas de la opinión. El pensamiento costumbrista, que se aferra a la mujer modélica, puerrosa e inconsciente, no hace a la verdad del arte. La criba de los tópicos, tan proclives a los prejuicios, no retiene nada en su cedazo, demasiado pequeños a su propósito. Ella propone otro mensaje, el de la grandeza de un mundo liberado de reservas, de cautelas, de certezas conformistas. Un mundo luminoso y puro, y difícil, tanto que su misma clara procura reflejar y a la vez amparar. El espectáculo que su visión requiere de una inteligencia feliz para ser contemplada, que Ella eterniza atalayando desde el espíritu. Tal postura es, ante todo, la distensión de la libertad, un canto voluntada finalizada en el placer del mundo inteligido, desafiando la ironía de la conjetura. Es un gesto densiblíhe, que se ensancha en la lucidez de la sensibilidad.
Hubo un tiempo en que la representación artística requería de métodos, cuya calidad era materia excluyente del criterio de arte. La exquisites se ponderaba como el grado de mimese alcanzado por la obra, y un bagaje de convenciones se ordenaban en pos de esa quimérica excelencia. El factor psicológico en particular, emocional, en el arte era despreciado, tan rotundamente desconocido, y era objeto de condena apartarse del esquema y el procedimiento. Hoy por hoy, tales nociones integran el cuerpo de la Historia del Arte, y por fortuna para sí entendió y a causa del hecho artístico, hoy está elevado al diez sobre raíz cuadrada. La confusión sin embargo, amanece en los estertores finales de un paradigma que aún remana del llamado “conocimiento vulgar”, obliga a señalar nociones tan elementales para lejos de alimentar la polémica, fijar la distancia a la que Ella, como cualquier obra de arte auténtica, se encuentra de ese vicio de esos anhelos.
Va a ser tal la costumbre, sea breve.
La fuerza a caer bajo su influjo toda idea o visión incapaz de ofrecerle resistencia, sea aquello contra lo cual Ella hoy se mantiene impertérrita, consciente y despierta, pero sobre todo atenta ante el oleaje de ilusiones y espejismos, que a su sombra parece que se agita.
Febrero de 2020