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Todos los períodos son históricos. Por rude y escrupulosamente cuando nos referimos a Colombia, a la patria y a la nación a la vez, nos referimos a su corta pero sangrienta historia (política, social y económica). El terreno es inestable y está minado de clichés. Todo puede resultar demasiado obvio, en cuanto a la formalización. Al comenzar el ensamblaje de la obra tuvimos claro que para hacer una crítica a la Colombia de los últimos 70 años, necesitábamos una figura, un héroe que pensara todas las décadas pasadas, un disidente que caminara lejos del conflicto político pero que estuviera dentro de él. Que perteneciera a la época más efervescente del conflicto, pero lo enfrentara con la no violencia, un mártir, un solitario, un soñador; entonces apareció en la investigación Gonzalo Arango, el poeta nadaísta. Un kamikaze con su lirica sub-urbana, con su pensamiento, su forma de ser y de vivir. Un agnóstico que fuera en un sentido contrario al vaivén de la historia, al ir y venir de presidentes y partidos políticos, que paseara en medio de las balas de Medellín a Cali, por el valle de Aburrá, por los Andes, por Juanchito.

Gonzalo Arango nació en la génesis de la guerra, pero desde temprana edad decide no ser parte de ella. Hay tuvimos la primera pista: El muerto vivo, el nosferatu. Haríamos una pieza de ficción que contuviera todo lo que nos mueve, cine, narrativa, imagen, corporeidad. Después encontramos esa “Elegía al desquite”, que es tan contundente como poética y desgarradora. Lo demás vendría por añadidura al llegar de la formalización como tal. Todo lo tacita donde existe o no el arte en Colombia también puede ser político o apolítico, y que es necesario empezar a hablar sobre este dolor intrínseco de patria con el que cargamos todos.

Durante el proceso constructivista de la obra, muchas piezas entraron y salieron, en algún momento pensamos que estábamos poniendo demasiados símbolos juntos, demasiadas cosas diciendo lo mismo lo que hace es confundir. Concluimos que la “escena de duelo” para muchos es clara. Es decir un país donde sus muertos no pueden descansar, es un país de vampiros y vampiras. La necesidad del duelo en un país sumido en la violencia diaria es una tregua que todos merecemos, a cualquier hora y en cualquier lugar.

Formalmente la pieza está planteada de manera que la muñeca-vampiro asciende del sarcófago durante 7 minutos. 7 minutos de duelo, cada minuto son diez años en la historia del país. Durante esta “ascensión” que hace referencia al viaje de los muertos hacia el cielo o el infierno se proyectan imágenes de la génesis de la violencia en Colombia. Inmediatamente hay un descenso (la muñeca vuelve al sarcófago) volviendo la pieza cíclica y dejando por sentado que después de cada duelo el conflicto continúa hasta que la misma maquinaria colapse.